domingo, 2 de diciembre de 2012

¿Cuáles son los trastornos de la excitación sexual?


Entre las disfunciones sexuales, que como ya hemos visto son alteraciones que se producen en el desempeño sexual normal de una persona, encontramos trastornos de la excitación sexual, caracterizados por producirse en la segunda fase de las cuatro que componen la respuesta sexual humana, la meseta.

Los principales trastornos de la excitación sexual suelen contemplarse como propios del género masculino, aunque por supuesto, este tipo de trastornos ocurren también en mujeres, sólo que son menos conocidos. Entre ellos nos encontramos:

-          Trastorno de erección: El trastorno de erección, también más conocido como disfunción eréctil, se da en los hombres y es la incapacidad para mantener una erección suficiente para consumar la penetración y mantenerla durante toda la actividad sexual, produciendo además un malestar significativo en la persona que lo padece. Para que el trastorno de erección se considere como una disfunción sexual, es necesario que se mantenga por un periodo mínimo de seis meses y que no se deba a otra causa, como por ejemplo el consumo de sustancias.

Las causas más comunes de la disfunción eréctil son psicológicas, pero también puede ocurrir que se deba a causas biológicas. Aunque es necesario un correcto funcionamiento fisiológico para que se produzca y mantenga la erección, varias regiones cerebrales están involucradas en aspectos importantes de la función sexual. Por ejemplo, muchas neuronas hipotalámicas tienen conexiones con las regiones espinales responsables de la erección y los núcleos paraventriculares tienen conexiones con los centros espinales. En el cerebro se localiza todo el control del eje hipotálamo-hipófisis-gonadal, fundamental en el correcto funcionamiento, tanto de la excitación como del mantenimiento de la misma. Diversos estudios han observado que la disfunción eréctil es más frecuente en personas con lesiones frontales y temporales respecto a personas con las lesiones parietales y occipitales. Las conexiones entre estructuras cerebrales anteriores y comportamiento sexual son numerosas. Por motivos fisiológicos, la incidencia de los trastornos de erección aumenta conforme avanza la edad.

-          Trastorno de la excitación sexual femenina: Se conoce como trastorno de la excitación sexual femenina la incapacidad para obtener o mantener la respuesta de lubricación propia de la fase de excitación durante toda la actividad sexual. Al igual que ocurre en el trastorno de erección, produce malestar a la persona que lo padece. Entre estos trastornos de la excitación sexual se incluyen, entre otros, la falta o la disminución de la lubricación vaginal, reducción de la sensibilidad del clítoris o de los labios o  ausencia de relajación de la musculatura lisa vaginal.

Las causas de este trastorno son un incorrecto procedimiento en la estimulación sexual, cuando la liberación de acetilcolina provoca que señales parasimpáticas dilaten las arterias de los tejidos eréctiles. Estas señales parasimpáticas, también se dirigen a las glándulas de Bartolino, situadas bajo los labios menores, para provocar la secreción de moco lubricante, necesario para facilitar el coito y una sensación satisfactoria durante el mismo. La incidencia de este trastorno también aumenta con la edad, ya que la disminución de los niveles de estrógenos en algunas etapas como la menopausia, puede propiciar su aparición.

Otro de los conocidos trastornos de la excitación sexual femenina es el vaginismo, que tiene origen psicológico ya que se trata en realidad de una fobia que produce una contracción excesiva de la musculatura pubo-coccígea.

-          Síndrome de la excitación genital persistente en la mujer: Es un estado de excitación genital continuado e incontrolable que puede durar días, semanas o meses y que aparece sin motivación previa ni deseo sexual consciente. Culminar una relación sexual no alivia este estado.

Aunque las causas de este síndrome no están totalmente dilucidas, los estudios parecen indicar como posible causa la alteración de los nervios sensoriales que inervan los genitales femeninos y el nervio dorsal del clítoris, que podrían enviar señales sensoriales erróneas. También se postula como posible causa una excesiva producción de testosterona o una malformación en las raíces arteriales del clítoris.


A menudo, las personas que padecen alguno de este tipo de trastornos de la excitación sexual sienten vergüenza por considerarse fuera de la normalidad, cuando en realidad este tipo de patologías son más comunes de lo que podamos pensar, por lo que debemos acudir a un especialista para, tras el diagnóstico, tratar de solucionarlos y comenzar a vivir una sexualidad plena.

“El deseo adquiere sentido cuando soy capaz de transformarlo en una acción”. Jorge Bucay

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jueves, 27 de septiembre de 2012

Trastornos del estado de ánimo: Trastorno Afectivo Estacional


¿Por qué algunas personas se sienten decaídas en algunas épocas del año?

Tanto la tristeza como la alegría son estados de ánimo que forman parte de nuestras vidas y todos nos podemos sentir así en uno u otro momento, ya que son parte de las respuestas adaptativas humanas universales ante diferentes situaciones. Sin embargo, cuando la tristeza se prolonga en el tiempo e interfiere en nuestras vidas, podemos hablar de un trastorno del estado de ánimo o trastorno afectivo, que consiste en un grupo de patologías recurrentes que conlleva alteraciones del humor acompañadas de una disfunción psicomotriz y síntomas vegetativos.

Los trastornos del estado de ánimo más importantes y que engloban al resto son la depresión, el trastorno distímico, el trastorno bipolar y el trastorno ciclotímico.

Englobado dentro de la depresión encontramos el Trastorno Afectivo Estacional, que se refiere a un tipo de depresión que ocurre en cierta época del año, generalmente cuando los días comienzan a acortarse con la llegada del Otoño y el Invierno.

Es probable que el origen del Trastorno Afectivo Estacional se deba a la respuesta de nuestro cerebro a la disminución de la exposición a la luz natural. Los estudios al respecto indican que la disminución de esta exposición a la luz solar puede provocar variaciones en las dos hormonas implicadas en la regulación de los ciclos de sueño-alerta, en la energía y en el estado de ánimo, la melatonina y la serotonina:

- MELATONINA: La hormona melatonina está asociada con el sueño. Nuestro cuerpo produce mayor cantidad de melatonina cuando la exposición a la luz solar es baja, es decir, cuando hay oscuridad o cuando los días son más cortos. Cuando producimos grandes cantidades de melatonina, nos sentimos somnolientos, apáticos y aletargados. Con la llegada del Otoño los días se acortan, lo que produce por tanto un aumento de melatonina con sus consiguientes efectos.

- SEROTONINA: La hormona serotonina está asociada con la depresión cuando la producimos en niveles bajos. Al contrario de lo que ocurre con la melatonina, producimos mayor cantidad de serotonina cuando estamos expuestos a la luz solar, por lo que los niveles de serotonina durante el invierno son más bajos, ya que los días son más cortos.

Así pues, la llegada del Otoño y el Invierno y sus consecuentes días más cortos y horas de oscuridad más largas, puede causar un aumento en los niveles de melatonina y una disminución en los niveles de serotonina, que podrían crear condiciones biológicas para el Trastorno Afectivo Estacional. Es por ello que los estudios indican que la exposición a una luz artificial cuyas características puedan simular la luz del sol como ocurre con las lámparas fluorescentes es efectiva en el tratamiento del Trastorno Afectivo Estacional.

El Trastorno Afectivo Estacional puede comenzar durante los años de adolescencia o principios de la adultez y como ocurre como otras formas de depresión, suele tener un nivel de incidencia más elevado en mujeres que en hombres. Es más frecuente que la padezcan personas que viven en lugares donde las noches de inviernos son largas.

Puede ocurrir, aunque en raras ocasiones, que el Trastorno Afectivo Estacional no se dé durante los meses de Invierno sino durante los meses de verano. Los síntomas, aunque parecidos a los de la depresión varían en función de la época del año:

  • Síntomas del Trastorno Afectivo Estacional en Invierno:

- Cansancio
- Sensación de somnolencia
- Nivel disminuido de energía
- Aumento de peso
- Aumento de apetito
- Problemas para concentrarse
- Deseos de estar a solas 

  • Síntomas de Trastorno Afectivo Estacional en Verano:

- Pérdida de peso
- Dificultad para dormir
- Dismonución del apetito


De esta forma, aunque la tristeza y la alegría son parte de nuestra vida cotidiana, debemos aprender a diferenciar cuando estas reacciones pasan a ser anormales y pedir ayuda si lo requerimos, ya que estos tipos de depresión “menor” puede derivar en depresiones severas si no se toman a tiempo medidas para atajarlas.




 “La risa es el sol que ahuyenta el invierno del rostro humano”. Victor Hugo



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jueves, 20 de septiembre de 2012

El cerebro no busca la verdad sino sobrevivir

Vanidoso y ególatra, nuestro cerebro trata de convencerse siempre de la opción más cómoda, de la que concuerda mejor con su propia realidad. Por eso memoria e inconsciente se encargan de ajustar lo que no encaja, de cambiar lo que no gusta, de eliminar lo que duele y de ensalzar lo que agrada.

De esos mismos mecanismos surge en los humanos la habilidad para caer fácilmente en estereotipos y prejuicios que, llevados al extremo, pueden conducir a tensiones y conflictos.

Os invitamos a ver este vídeo de Redes y aportar vuestra opinión a este tema tan interesante y os planteamos un debate:

¿Creéis que el cerebro se conforma con la verdad más cómoda para nuestra forma de vivir?






"Tu cerebro te enseña un mundo ampliamente coloreado por la vanidad" Cordelia Fine



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miércoles, 5 de septiembre de 2012

¿Cómo nos afecta la vuelta a la rutina tras las vacaciones?


Para la gran mayoría de las personas, la llegada de Septiembre implica el fin de las vacaciones y con ello la vuelta al trabajo y a la rutina. Aunque la mayoría de gente no percibe este cambio como desestabilizante, un amplio porcentaje de personas se ven afectadas en este momento por lo que se conoce como Síndrome Postvacacional.

El Síndrome Postvacacional no está aceptado ni reconocido de manera internacional como una enfermedad, sino que se trata de un conjunto de síntomas similares a los que presenta la depresión y la ansiedad, que se dan de manera transitoria a causa de la dificultad de adaptación al trabajo tras un tiempo prolongado en mayor o menor medida de vacaciones, y que no requiere de intervención psicológica especializada para su tratamiento. Aunque este estado ha existido siempre, el ritmo de vida frenético de nuestra sociedad actual desarrollada ha hecho que en los últimos tiempos se amplíe el porcentaje de gente que se ve afectado por este estado transitorio de adaptación.

Durante las vacaciones dejamos de lado nuestros hábitos de vida organizada mediantes los cuales desempeñamos nuestra actividad profesional y modificamos nuestros biorritmos habituales en cuanto a horarios de alimentación y sueño. Prolongamos nuestros periodos de descanso tras noches con mayor actividad que el resto del año, abandonamos nuestras rutinas de alimentación y tenemos en general unos hábitos desordenados al no estar sujetos a ningún horario estricto. Es por ello que cuando nos enfrentamos con la vuelta a nuestra rutina diaria nos encontramos con que debemos adaptar nuestro organismo a los nuevos horarios, lo que supone un cambio significativo en nuestros biorritmos y una descompensación entre lo que debemos y lo que podemos ofrecer. A ello se une el hecho de que una gran mayoría de personas no encuentra motivación en su trabajo en sí, sino en los periodos vacacionales que le suceden y el hecho de que este retorno al trabajo en septiembre sea la fecha más alejada del año del siguiente periodo vacacional, afecta de manera negativa a su motivación y de ello se deriva una disminución de la resistencia a las adversidades que puedan surgir en el día a día, pues es la motivación lo que nos permite normalmente hacer frente a cualquier dificultad.

Los síntomas típicos de Síndrome Postvacacional consisten en irritabilidad, insomnio, tristeza, desmotivación, debilidad generalizada, cansancio, somnolencia a lo largo del día,  disminución de la capacidad de concentración y de la tolerancia al trabajo, incapacidad de tomar decisiones y cierta sintomatología propia de la depresión, aunque en este caso se trata de algo transitorio.

Debemos ser conscientes de que este estado entra totalmente dentro de la normalidad y la fase de adaptación finalizada, permitiéndonos coordina de nuevo nuestros biorritmos con nuestras obligaciones diarias. Para evitar caer en un bucle donde nuestra desmotivación nos impida ordenar de nuevo nuestra vida y la falta de orden nos impida encontrar la motivación necesaria para avanzar, podemos, además de evitar la idealización de nuestro periodo vacacional, hacer una serie de gestos que nos serán de ayuda, como despertarnos siempre a la misma hora, hacer ejercicio, comenzar con la realización de tareas más agradables o sencillas o plantear objetivos alcanzables de forma sencilla.

Podemos prevenir la aparición del Síndrome Postvacacional si durante nuestros días de vacaciones mantenemos cierto horario para mantener nuestro biorritmo. Es importante que tras la vuelta de las vacaciones dispongamos de unos días para adaptarnos a nuestra “vida normal” en nuestra residencia habitual y en el entorno en el que se desarrolla nuestra rutina diaria de manera progresiva. También es recomendable evitar que toda nuestra motivación se centre en el periodo vacacional para lo que podemos mantener aficiones durante el resto del año o reservar unos días libres para el resto del año.

No a todos nos afecta por igual esta vuelta a la rutina. Las personas de edad más avanzada son las que más afectadas se ven por el Síndrome Postvacacional y los hombres tienden a padecerlo en mayor medida que las mujeres. Cuanto mayor es el periodo vacacional del que hemos disfrutado, más tardaremos en adaptarnos a la rutina diaria, sobre todo si no hemos destinado el tiempo a descansar, pero aún así la gran mayoría de personas no tardan más de 3 o 4 días en acostumbrarse a los nuevos hábitos.

Las estadísticas acerca  del porcentaje de personas que sufren este Síndrome Postvacacional indican que este año se ha reducido el número de casos. En parte puede deberse al hecho de que, ante una situación económica y laboral como la que atravesamos actualmente, aceptamos de mejor grado volver al trabajo porque entendemos como una opción mucho peor no tener trabajo al que regresar. Las vacaciones son un periodo que todos esperamos porque nos permiten desconectar, pero es necesario que encontremos motivación en nuestro día a día para sentirnos plenos durante todo el año.

“Nadie necesita más unas vacaciones que el que acaba de tenerlas”
Elbert Hubbard. Escritor, editor, artista y filósofo estadounidense.


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jueves, 19 de julio de 2012

El miedo

¿Por qué sentimos miedo?

El miedo es una emoción que actúa en nosotros como mecanismo de defensa y se produce ante la percepción de un peligro que puede o no ser real, pero que percibimos como amenazante. La función del miedo es fijar en nuestro cerebro situaciones que vivimos que entendemos suponen un peligro para nuestra supervivencia, para que en caso de darse de nuevo, podamos reaccionar mediante lucha, huida o evitación para superarlas con éxito.

Para entender el circuito de activación del miedo, debemos comprender que nuestro cerebro ha evolucionado formando nuevas partes encima de las antiguas y adaptándose al entorno en que vivimos. De esta forma, sobre la parte más antigua de nuestro cerebro, el tronco cerebral, que regula nuestros instintos y las funciones autónomas necesarias para nuestra supervivencia, se formó a lo largo de la evolución el sistema límbico, un cerebro emocional encargado de regular las emociones como el miedo entre otras. La encargada de disparar la señal de alarma ante situaciones de peligro es una pequeña zona de este sistema límbico llamada amígdala cerebral, que recibe y procesa la información que llega a través de nuestros sentidos, activándose cuando percibe un estímulo como amenazante bajo la forma de una reacción de despertar, sobresalto y tensión. Sobre nuestro sistema límbico se formó la corteza cerebral, la parte más nueva de nuestro cerebro encargada de regular la respuesta a las emociones a través del análisis de todas las informaciones sensoriales, emocionales, culturales y personales que procesamos a través de nuestra amígdala, y de ejecutar un plan de acción que se adapte a las necesidades y al contexto de la situación de peligro. Así pues, la activación de la amígdala cerebral ante los estímulos sensoriales activa el miedo provocando las reacciones propias de dicha emoción, lucha, huída o evitación. Cuando esto ocurre, nuestro cerebro fija ése miedo para que en un futuro se active de nuevo la respuesta ante un estímulo similar o simplemente ante el recuerdo del mismo.

Al mismo tiempo a nivel hormonal, ante situaciones que nos producen miedo, nuestro cuerpo segrega adrenalina, que propicia una transformación del organismo para disponer su estado de alerta: Se produce taquicardia, se dilatan las pupilas para mejorar la visión, aumenta la presión sanguínea, baja la temperatura corporal, aparece el sudor frío, se dilatan los bronquios y se acelera la respiración entre otras.

No podemos impedir la aparición de nuestras reacciones de miedo, ya que son necesarias para nuestra supervivencia, pero sí podemos regularlas para que no interfieran en nuestra vida de manera negativa. Los estudios al respecto indican que hay varios sistemas que pueden resultar efectivos a la hora de superar nuestros miedos, como la terapia por exposición y la terapia por inundación. Si no nos sentimos capacitados para llevar a cabo estas técnicas por nosotros mismos, podemos acudir a un especialista que nos guíe en el proceso:

- La terapia por exposición consiste en aproximarnos gradualmente al estímulo que nos produce miedo, ya sea algo tangible o situacional, ya que enfrentarnos al estímulo temido puede conducirnos con el tiempo a una reducción de nuestro temor. Para ello es útil crear un listado de situaciones relacionadas con nuestro miedo, ordenadas de menor a mayor en función de la intensidad de temor que nos produce. Comenzando por la que nos resulta más sencilla podemos ir avanzando hasta conseguir exponernos a las situaciones más temidas con la seguridad que nos proporciona haber superado otras situaciones similares.

- La terapia por inundación consiste en exponernos al estímulo que nos produce miedo tanto como sea posible hasta lograr la extinción de la conducta de evitación. Esta terapia se basa en que el miedo y la consiguiente ansiedad que sentimos ante el estímulo temido es algo que hemos aprendido en un momento dado de nuestras vidas y que evitamos como mecanismo de defensa. Si eliminamos la ansiedad que nos causa el recuerdo, el miedo desaparecerá y según esta técnica, la repetición del estímulo eliminará la respuesta ansiosa.

El miedo es algo cotidiano para nosotros hasta el punto que incluso en algunos momentos decidimos exponernos a situaciones que nos lo causan. Una muestra de su integración en nuestras vidas es que nuestro propio vocabulario contiene expresiones que aluden a él, como la conocida “cagarse de miedo”, que curiosamente tiene su origen en una de las respuestas primitivas de nuestro organismo ante el miedo. Es una reacción fisiológica ancestral que permite huir más rápido del peligro, eliminando peso de nuestro cuerpo, aunque por nuestra civilización progresiva a lo largo de la historia, es más frecuente verlo en los animales cuando sienten la amenaza de otros más peligrosos o en niños pequeños, que en adultos.

Por encima de todo debemos entender que es normal sentir miedo y experimentar las sensaciones físicas que se asocian a él, como ansiedad, aumento de la frecuencia cardíaca, sudoración o temblor entre otros, pero todas estas sensaciones son normales y si conseguimos percibirlas como tal, dejaremos de fijar nuestra atención en ellas y podremos concentrarnos en la actividad que estamos desempeñando, dejando que el miedo que sentimos no nos perjudique, permanezca en segundo plano y se limite a cumplir su función evolutiva, permitir nuestra supervivencia.



“La ansiedad es un arroyito de temor que corre por la mente. Si se le alimenta puede convertirse en un torrente que arrastrará todos nuestros pensamientos”
A. Roche 




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viernes, 13 de julio de 2012

Disfunciones sexuales I: Trastornos del deseo sexual


¿Qué son las disfunciones sexuales y cuáles son las características de los trastornos del deseo sexual?


Una vez conocida la respuesta sexual psicofisiológica considerada como normal en los diferentes momentos durante una relación, podemos discernir todos aquellos comportamientos que difieren de ésa respuestasexual normal y que por tanto responden a alguna disfunción. Conocemos como trastorno o disfunción sexual las alteraciones que se producen en el desempeño o funcionamiento sexual normal de una persona en cualquiera de las fases que componen la actividad sexual, deseo o excitación, meseta, orgasmo y resolución, generando malestar y fracaso.

Para que una disfunción sexual sea considerada como tal a nivel de diagnóstico, además de no deberse a un problema orgánico, es necesario que se cumplan cuatro criterios:

  • La persona que la padece es incapaz de participar en la relación sexual tal como desearía.
  • La disfunción sexual se presenta frecuentemente, pero puede que no ocurra en algunas ocasiones.
  • La disfunción sexual debe estar presente al menos durante seis meses.
  • El disfunción sexual no se atribuye a ningún trastorno mental, del comportamiento, físico o a un tratamiento farmacológico.

Las diferentes disfunciones sexuales se clasifican en función de en qué fase de la actividad sexual se produzcan, diferenciándose entre trastornos del deseo o excitación sexual, trastornos durante el acto sexual (meseta), trastornos orgásmicos y trastornos sexuales por dolor. Hoy nos ocuparemos de los trastornos del deseo sexual.

El deseo o excitación sexual comienza en nuestro órgano sexual más importante, el cerebro, donde se producen los pensamientos, imágenes y sensaciones que activan o inhiben nuestro deseo sexual y nos predisponen a tener un encuentro sexual placentero. El deseo sexual en su funcionamiento normal está relacionado con dos centros cerebrales, el del placer y el del dolor y en función de la situación en la que nos encontremos aparece o desaparece. Entre los trastornos del deseo sexual encontramos principalmente dos tipos de disfunciones:

- Deseo sexual hipoactivo: Se entiende como deseo sexual hipoactivo la ausencia o deficiencia de fantasías sexuales y de interés por mantenerlas que se da de forma recurrente.

Los estudios acerca de las regiones del cerebro implicadas en esta disfunción de deseo sexual hipoactivo evidencian que, ante la visualización de estímulos considerados como eróticos, una región conocida como corteza órbitofrontal, se activa tanto en hombres como en mujeres con el deseo disminuido, pero permanece inactiva en las personas que no sufren este trastorno. Una de las funciones de la corteza mediana órbitofrontal, es mantener nuestras emociones bajo control, por lo que es posible que la causa de que algunas personas sufran de deseo sexual hipoactivo es que no puedan sentir deseos porque, a nivel fisiológico, sus propios cerebros mantienen sus emociones inhibidas.

Algunos estudios al respecto también avalan la llamada “hipótesis de las monoaminas” para explicar los trastornos del deseo sexual. Esta hipótesis consiste en que sustancias como la serotonina, la dopamina y la epinefrina (adrenalina) interactúan en los receptores nerviosos con las hormonas. Cuando un exceso de serotonina influye en los receptores de testosterona disminuyendo su transmisión y por tanto inhibiendo el deseo sexual, ya que la testosterona es la principal hormona implicada en el deseo sexual tanto en hombres como en mujeres.

- Trastorno hipersexual: Se define como una actividad sexual exagerada y fuera de control, que presenta el mismo comportamiento que cualquier adicción, es decir, interfiere en la vida diaria de la persona que lo padece a nivel personal, familiar o laboral, extendiéndose incluso al ámbito social en forma de conductas de riesgo para alcanzar sus objetivos.

La característica principal de esta disfunción sexual es la presencia de sentimientos persistentes de congestión genital y demás signos físicos de estimulación sexual ya esté o no presente un estímulo que los provoque. Ésa excitación sexual lleva a la persona que lo padece a una actividad sexual continua, ya sea por sí mismo o en pareja si se da el caso, buscando disminuir la sensación de congestión, aunque ésta no remite con el orgasmo.

En base a la “hipótesis de las monoaminas”, el trastorno hipersexual se explica porque cuando un exceso de dopamina influye en los receptores de testosterona, incrementa su transmisión favoreciendo el deseo sexual y a su vez provocando la deshinibición de la conducta hipersexual.

A menudo, las personas que padecen ambas disfunciones, tanto deseo sexual hipoactivo como trastorno hipersexual, son conscientes de que su conducta sexual no entra en los parámetros de conducta sexual normal o “adecuada”, pero achacan su trastorno a factores externos. Es importante que visitemos a un especialista en caso de creer que podemos sufrir uno de estos trastornos, ya que solucionarlos es posible, pero partiendo siempre de un diagnóstico adecuado.


“Cada cosa que yo hago y cada cosa que decido dejar de hacer está motivada por un deseo, pueda yo identificarlo o no”. Jorge Bucay





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jueves, 5 de julio de 2012

Respuesta sexual humana


¿Qué se considera una respuesta sexual normal en las personas?

La biología determina ciertas características sexuales como el tipo de sexo cromosómico, XX o XY, la estructura genital y los caracteres sexuales secundarios, pero a nivel de conducta, la sexualidad humana está fundamentalmente influida por factores culturales y ambientales y el carácter de las primeras experiencias tiene una gran importancia y puede marcar emocionalmente las vivencias posteriores.

Aunque ha variado a lo largo del tiempo en función de los conocimientos sobre el tema, actualmente se considera que la respuesta sexual humana consta de 4 fases: Deseo, Excitación, Orgasmo y Resolución.

Cada una de estas fases se caracteriza por una serie de cambios fisiológicos y psicológicos que se producen en las persona durante el desarrollo normal de la actividad sexual. Aunque durante la respuesta sexual se producen cambios en todo el organismo en general como tensión muscular, incremento de la presión arterial, aumento de la frecuencia cardíaca, alteraciones respiratorias o aumento de la temperatura entre otras, estos cambios no son característicos especialmente de la respuesta sexual, sino que pueden deberse a diferentes patologías, por lo que a la hora de estudiar la actividad sexual, los expertos prestan especial atención a los cambios que se producen a nivel hormonal y genital.

Cada una de las cuatro fases que componen la respuesta sexual tienen cambios o reacciones psicofisiológicas propias que las caracterizan y que en algunos aspectos difieren en hombres y mujeres:

DESEO o EXCITACIÓN SEXUAL:

Esta primera fase de la actividad sexual depende de estímulos parasimpáticos. El deseo sexual no sólo es algo psicológico, sino algo más bien químico, es el resultado de estímulos recibidos a través de los sentidos que desencadenan la liberación de neurotransmisores cerebrales que provocan descargas de adrenalina. Y esas descargas de adrenalina provocan todos los mecanismos vasculares, hormonales, musculares y neurológicos.

Durante la fase de deseo no se aprecian diferencias entre la actividad sexual en hombres y en mujeres. Ambos experimentan la presencia de pensamientos o fantasías sexuales que les induce al deseo de la actividad sexual. Comienzan a provocar en ellos cambios a nivel hormonal: La testosterona es la principal hormona implicada en el deseo sexual y cualquier variación en sus niveles puede provocar que éste aumente o disminuya.

MESETA:

En la fase de meseta, por las diferencias obvias entre la fisiología de hombres y mujeres, la respuesta sexual varía de uno a otro:

  • Hombres: Erección del pene, agrandamiento de la próstata, engrosamiento, elevación y rotación de los testículos, incremento y coloración de la corona del glande, secreción de las glándulas de Cowper (líquido preseminal) y sensación subjetiva de excitación.
  • Mujeres: Lubricación, engrosamiento y expansión del interior de la vagina, hinchazón y erección del clítoris, elevación del útero, alisamiento y separación de los labios mayores de la vagina, engrosamiento y coloración de los labios menores de la vagina, secreción de las glándulas de Bartholino, que ayudan a lubricar los labios vaginales, y sensación subjetiva de excitación.


ORGASMO:

El orgasmo está regulado por estímulos del sistema nervioso simpático.

Además de las contracciones del esfínter rectal y de la sensación y el estado de placer común a ambos sexos, en el orgasmo también encontramos diferencias normales entre ambos sexos en cuanto a anatomía:

  • Hombre: Contracción de las vesículas seminales, próstata y conducto eyaculador, y contracciones rítmicas de la uretra y el pene con la expulsión de semen.
  • Mujer: Contracciones del útero y contracciones rítmicas de la vagina y de la plataforma orgásmica.


RESOLUCIÓN:

El estado de resolución con el que culmina la actividad sexual se caracteriza tanto como para hombres como para mujeres por una sensación placentera de alivio y relajación. En cuanto a los cambios psicofisiológicos que conlleva, las diferencias entre ambos sexos son únicamente las propias de las diferencias de género:

  • Hombre: Pérdida de la erección del pene, descenso de los testículos y pérdida de la congestión testicular, desaparición de la congestión del escroto y comienzo del periodo refractario.
  • Mujer: Regresión y pérdida de la vasocongestión del clítoris, desaparición de la plataforma orgásmica y la vasocongestión de las paredes de la vagina, desaparición de la hinchazón de los labios mayores y menores y regresión del útero a su posición habitual.


Conocer cuál es la respuesta sexual considerada como normal en hombres y mujeres, nos ayuda a diferenciar y determinar cuándo existe algún problema de disfunción sexual que afecta al transcurso de la actividad o de la respuesta sexual y que nos impide disfrutar plenamente de nuestras relaciones sexuales, para poder buscar soluciones al respecto.


“El amor es la respuesta, pero mientras la espera, el sexo plantea unas cuantas preguntas”  Woody Allen



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jueves, 28 de junio de 2012

Patologías del sueño: EL INSOMNIO


¿En qué consiste el INSOMINIO, uno de los trastornos del sueño más comunes?

El porcentaje de personas que padecen problemas de alteraciones del sueño es muy significativo, pero muy pocos casos son los que están correctamente diagnosticados y tratados.

Se considera como un trastorno del sueño a cualquier tipo de dificultad relacionada con el hecho de dormir, incluyendo todas aquellas dificultades para conciliar el sueño o mantenerlo, dormirse en momentos inapropiados, tiempo de sueño total excesivo o conductas consideradas como anormales en relación con el sueño. Hay una gran variedad de trastornos del sueño catalogados, entre los cuales destaca por su elevada incidencia en la población el insomnio, que afecta especialmente a mujeres y ancianos.

El insomnio es un trastorno del sueño que consiste en la incapacidad para dormir, ya sea por la dificultad para conciliar el sueño o disminución de su calidad, despertares frecuentes durante la noche o acortamientos del sueño. El insomnio puede producirse como consecuencia de otro trastorno o enfermedad, pero en la mayoría de los casos suele ser independiente de otros problemas de salud, en cuyo caso recibe el nombre de insomnio primario o ideopático.

Las causas del insomnio primario no siempre son posibles de determinar, ya que a menudo son algunos de nuestros hábitos de vida los que interfieren con nuestro sueño:

  • Los horarios irregulares, como cambios frecuentes de horarios a la hora de irse a dormir o de levantarse.
  • Las condiciones físicas inapropiadas del espacio en el que se descansa, como los entornos ruidosos o las temperaturas extremas.
  • El consumo habitual de algunas sustancias excitantes del sistema nervioso, como el té, las bebidas con cafeína, la nicotina y el alcohol.
  • Los malos hábitos alimenticios, como la ingesta de cenas copiosas o la sensación de hambre al acostarnos.
  • El consumo habitual de medicamentos con efectos secundarios.
  • Las situaciones estresantes debidas a problemas o preocupaciones, que provocan una elevada activación del organismo.
  • El consumo y dependencia de drogas o la abstinencia de las mismas.

Es curioso que, pese a padecer insomnio, la mayoría de las personas que lo sufren son capaces de realizar las funciones normales de su día a día aunque su cerebro no se encuentre en plenas condiciones. Esto ocurre gracias a que nuestro cerebro incrementa los niveles de dopamina cuando pasamos la noche en vela y es éste neurotransmisor el que se encarga de que podamos continuar con nuestras actividades pese a no haber descansado. Gracias a la tecnología, se ha podido verificar este aumento de dopamina en dos áreas cerebrales, el estriatum, involucrado en la motivación y la recompensa, y el tálamo, encargado de mantenernos alerta. Sin embargo, esta estrategia cerebral para compensar la falta de sueño aumentando la dopamina, no soluciona el déficit cognitivo que produce la privación de sueño, ya que la cantidad de dopamina que se produce en el cerebro también provoca sentimientos de fatiga y la pérdida de ciertas habilidades cognitivas.

Es por ello que si padecemos insomnio debemos tomar cartas en el asunto, comenzando por seguir unas pautas correctas para adquirir buenos hábitos a la hora de acostarnos y sentirnos así en plenas condiciones por la mañana. Es lo que se conoce como higiene del sueño:

  • Debemos interrumpir el consumo de bebidas estimulantes y nicotina de 4 a 6 horas antes de acostarnos. Es recomendable evitar también el alcohol, ya que aunque inicialmente puede facilitar el sueño, provoca despertares durante la noche.
  • Realizar una cena ligera de fácil digestión induce al sueño y es el término medio perfecto entre conductas que producen insomnio, como cenar de manera copiosa e irnos a la cama con hambre.
  • Es recomendable establecer una rutina fija en cuanto a horarios de sueño, procurando acostarnos y levantar siempre a la misma hora. Además es beneficioso establecer rutinas de comportamiento antes de ir a dormir, como prepararnos la ropa del día siguiente o tomar un vaso de leche.
  • Debemos asegurarnos de minimizar el ruido ambiental dentro de lo posible utilizando tapones si es necesario, mantener la temperatura de la habitación entre 12 y 24 grados y evitar la entrada de luz para no interferir en los ciclos de melatonina.


Actualmente es frecuente la prescripción de fármacos para tratar el insomnio. Es importante que conozcamos que el tratamiento farmacológico no constituye una solución adecuada a medio y largo plazo, ya que los fármacos que inducen al sueño pueden tener efectos residuales adversos para la concentración y la coordinación hasta varios días después de ingerirlos, además de provocar un sueño artificial.

Una buena higiene del sueño ayuda a combatir el insomnio en la mayor parte de los casos, pero si éste persiste debemos consultar con nuestro médico para evaluar las causas que lo provocan y remitirnos al profesional adecuado para establecer un diagnóstico y el tratamiento más conveniente para recuperar nuestro sueño y volver a rendir y sentirnos bien en nuestro día a día.

 “El insomnio es una lucidez vertiginosa que convertiría el paraíso en un lugar de tortura”. Emil M. Cioran, escritor y filósofo.


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viernes, 22 de junio de 2012

Los sueños


¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando soñamos?

Sabemos que dormir es una necesidad vital para los seres humanos y que la falta de él puede llevar incluso a la muerte. Cubriendo un sueño mínimo, nos aseguramos la supervivencia, pero los expertos insisten en la necesidad, no sólo de dormir, sino de dormir bien. ¿Pero sabemos qué se considera un sueño adecuado y por qué es necesario para la vida?
El sueño es un estado fisiológico de abolición de la conciencia necesario para mantener la homeostasis del organismo. Al contrario que nuestro cuerpo, que sufre una especie de desconexión, durante el sueño nuestro cerebro se mantiene muy activo y es en ese momento cuando el cerebro clasifica lo ocurrido durante el día y organiza la nueva información, incorporándola a la ya guardada. El hipocampo se vacía de los recuerdos del día, que pasan a la corteza prefrontal, liberando espacio para la adquisión de nuevas informaciones y a su vez consolidando la memoria.

Dormir es fundamental para el buen rendimiento del organismo, ya que es un proceso restaurador activo, en el que se reestablecen los recursos consumidos durante el día y se restauran los sistemas que son necesarios, entre otras cosas, para la atención dirigida al buen estado de ánimo, la adaptación emocional al entorno y el aprendizaje. Si el sueño no cumple con su función restauradora-compensadora, tanto el cuerpo como la mente pueden sufrir trastornos como la pérdida de apetito, cefaleas y arritmia cardiaca. Dormir ayuda al organismo a evitar una sobrecarga del aparato psíquico, lo cual es fundamental para su buen rendimiento general gracias a su función restauradora, protectora, conservadora  de energía, adaptativa para la supervivencia, de maduración cerebral y motivacional.
En el momento nos dormimos, comienzan en nosotros una serie de procesos biológicos que producen cambios. A través de estos procesos y de su medición en cuanto a la actividad eléctrica cerebral, los movimientos oculares y el tono muscular, entre otros, se ha clasificado el sueño en diferentes fases:

FASE I: Es la primera fase del sueño y mientras nos adentramos en ella somos todavía conscientes de lo que ocurre a nuestro alrededor y percibimos los estímulos auditivos y táctiles. A menudo, mientras nos encontramos en esta fase tenemos la sensación de que no estamos durmiendo, aunque nuestro tono muscular ya ha disminuido en comparación a cuando estamos despiertos. No se trata de un sueño reparador, sino de un estado “puente” entre la vigilia y el sueño. Es una fase de adormecimiento que tiene una duración de pocos minutos.


FASE II: Comienza con una bloqueo a nivel de tálamo del acceso a la información sensorial por parte de nuestro sistema nervioso. Es común que en el proceso se produzcan fallos en éste bloqueo y a menudo seamos conscientes de espasmos en nuestras extremidades, como contracciones musculares que producen una sensación similar a cuando fallamos al bajar un escalón y damos un traspiés. En la FASE II, el tono muscular disminuye en comparación a la FASE I, desaparecen los movimientos oculares y disminuye el ritmo respiratorio. Pasamos en torno al 50% de nuestro periodo de sueño en esta FASE II.


FASE III: Se intensifica el bloqueo sensorial y el sueño se hace más profundo. Es una fase esencial para el descanso. Cuando algo nos interrumpe el sueño en FASE III, nos despertamos confusos y desorientados. Su duración es escasa, ya que se utiliza para hacer el sueño más profundo y pasar a la FASE IV.


FASE IV: Es la fase de mayor profundidad del sueño. La actividad cerebral se enlentece y es esencial para la restauración física y psíquica de nuestro organismo. La frecuencia cardiaca, la presión sanguínea y la temperatura corporal descienden al nivel más bajo que tendrán durante la noche. El tono muscular es muy reducido y si aparece el sueño, aunque no es fase típica para ello, lo hace en forma de imágenes o luces, nunca en forma de historia o de narración. En esta fase es cuando aparecen, en caso de darse, el sonambulismo y los terrores nocturnos. Ocupa en torno al 20% de nuestro periodo de sueño.


FASE MOR o REM: Suele alcanzarse al cabo de los primeros 90 minutos de sueño, entre los 70 y los 120, y debe su nombre al movimiento rápido de los ojos que se produce cuando nos encontramos en ella. La actividad eléctrica cerebral en esta fase es rápida y el tono muscular es nulo. Esto es debido a que es la fase del sueño donde aparecen los sueños en forma de historia o narración y el nulo tono muscular evita que nuestro cuerpo realice físicamente las acciones o movimientos que estamos soñando. Las alteraciones comunes que se producen en esta fase del sueño son las pesadillas, la falta de atonía muscular durante el sueño o la parálisis del sueño. El 25% de nuestro periodo de sueño suele ser MOR.

Las diferentes fases del sueño se alternan cíclicamente a lo largo de la noche. Durante la primera parte del sueño predomina el sueño NO MOR, y durante la segunda los periodos MOR se van haciendo más largos. Normalmente estas fases se suceden siempre en el mismo orden y hay que pasar por las 4 primeras para alcanzar la FASE MOR, pero si el organismo necesita un descanso profundo y un alivio de la fatiga mental y el descanso físico, puede acelerar el proceso de entrada en sueño MOR, para una mejor reparación del organismo.

El tiempo que pasamos dormidos y despiertos sigue un ciclo de 24 horas influido por el sol, el ciclo sueño-vigilia cambia a medida que los días se alargan o acortan. La melatonina, interviene en el período de sueño, elevándose durante la noche por la falta de luz solar y disminuyendo durante el día. Para un correcto descanso, es aconsejable tener en cuenta varios factores que influyen en la calidad de nuestro sueño, como hábitos adecuados al acostarnos para acostumbrar al cuerpo a seguir un ciclo regular. El tiempo necesario para descansar en un adulto es normalmente de seis y nueve horas diarias, dependiendo de cada individuo. A medida que vamos envejeciendo nuestro cuerpo necesita menos el sueño y normalmente las personas de 65 años en adelante con 6 horas tienen suficiente.

Dormir correctamente afecta a nuestro descanso y capacidades, por lo que debemos dar al cerebro oportunidad de recuperarse si queremos rendir a plenas facultades al día siguiente.


El sueño es la dulce nodriza de la naturaleza y un bálsamo para la mente fatigada” W. Schakespeare

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